Cinco peligros que corres si inviertes en productos que no entiendes

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No poder recuperar el dinero cuando lo necesitas o que la empresa emisora no pague lo que te debe son algunos de los riesgos que implican los llamados “productos complejos”, una enorme categoría de inversiones en la que figuran las obligaciones subordinadas, los productos estructurados o los warrants, entre otros.

Si no entiendes, no inviertas. Esta es la advertencia que acaba de lanzar el supervisor bursátil europeo (ESMA por sus siglas en inglés) a los consumidores ante la proliferación de los llamados “productos complejos” entre la oferta que la banca propone a muchos ahorradores.  De un tiempo a esta parte, estas inversiones empezaron a llegar a oídos de los ahorradores menos experimentados, entre otros motivos, por la bajada de los tipos de interés. Esta caída provocó que se redujera la rentabilidad que ofrecen los productos que tradicionalmente contrataban los inversores menos atrevidos, como los depósitos a plazo o las cuentas de ahorro. Ante esta situación, las entidades financieras han buscado alternativas más atractivas, pero también más peligrosas, y que hasta ahora solo se ofrecían a inversores profesionales, según la propia ESMA.

En un comunicado publicado hoy, la autoridad bursátil europea explica que ese jugoso rendimiento ha servido de gancho publicitario para muchos de estos productos. Bajo las promesas de “rentabilidades absolutas” o “garantizadas”, muchos consumidores han invertido en productos como los warrants, las obligaciones subordinadas o las ya famosas participaciones preferentes sin saber, a ciencia cierta, cuáles eran sus riesgos. Estas inversiones requerían de un alto nivel de conocimientos y de un seguimiento continuo, por lo que resultaban poco prácticas y difíciles de manejar para muchos ahorradores.

Pero ¿cómo puedes identificar si estás ante un producto complejo? La ESMA reconoce que la complejidad es un término relativo, aunque existen ciertos elementos que pueden ayudar a identificar este tipo de inversiones. Por ejemplo:

  • Si el producto es un derivado o incorpora un derivado: un derivado es un instrumento financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo distinto (que se denomina activo subyacente), como acciones, índices bursátiles, etc.
  • Si esos activos o índices subyacentes son difícilmente valorables o su precio no está disponible al público.
  • Si tienen un plazo fijo de inversión y, en caso de retirar anticipadamente el dinero, se aplican sanciones que no se explican con claridad.
  • Si utiliza fórmulas matemáticas complejas para calcular su rentabilidad.
  • Si tiene instrumentos que garantizan tu dinero, pero con condiciones, con una validez parcial o que pueden desaparecer en determinados supuestos.

¿Qué peligros tienen los productos complejos?  

  1. Riesgo de liquidez: la liquidez de un producto indica la capacidad que tendrás para convertir esa inversión en “líquido”, es decir, en dinero contante y sonante. Los productos complejos, en muchos casos, tienen una escasa liquidez. Eso significa que deshacerte de ellos cuando lo necesites podría llegar a ser imposible o que, en caso de conseguirlo, tendrías que hacerlo a un precio inferior al de la compra. Por tanto, estarías perdiendo dinero.
  2. Riesgo de apalancamiento: realizar una inversión con apalancamiento significa que nos endeudamos para poder hacer esa operación. Es decir, utilizamos dinero “prestado” (como si se tratara de un crédito) para poder invertir. Según la ESMA, este es un método que puede permitir lograr una mayor rentabilidad, pero también que se multipliquen las pérdidas.
  3. Riesgo de mercado: son aquellos que están relacionados con la evolución del precio de una inversión en el mercado. Por ejemplo, en el caso de un depósito a plazo, su rentabilidad no evoluciona: desde el principio sabes qué rendimiento vas a obtener. Sin embargo, si inviertes en acciones, su precio cambia constantemente en el mercado. Si esas acciones fueran el subyacente del producto en el que has invertido, estarías expuesto a los cambios que su precio pudiera sufrir.
  4. Riesgo de crédito: es decir, el peligro de que quién emitió el producto en el que has invertido (o la empresa que lo gestiona) no te devuelva tu inversión.
  5. Coste de complejidad: el hecho de que un producto sea complejo también hace que sea más caro. Además, según la ESMA, es posible que los honorarios y las comisiones que te cobren las empresas que los gestionan estén incluidos en la propia estructura de esos productos, lo que hace que sean difíciles de detectar.

Ojo a los ‘chiringuitos financieros’

Por último, no hay que olvidar la importancia de comprobar a quién confías tu dinero. Antes de invertir en cualquier producto (sea complejo o no), es esencial que averigües si esa sociedad puede prestar servicios de inversión. Para ello, debes consultar los registros de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, disponibles en su página web. En caso de que no encuentres información de la sociedad con la que habías pensado invertir, lo más conveniente es que te pongas en contacto con el regulador para chequear por qué no hay datos disponibles.

Además, la CNMV dispone de una guía práctica sobre chiringuitos financieros en la que se describe de forma detallada cuál es el modus operandi de este tipo de sociedades, desde la forma de ponerse en  contacto con los posibles clientes hasta los métodos que utilizan para persuadirlos.

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