Ángel Garó: “He renunciado a muchísimo dinero por no contar cosas privadas en televisión”

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Camaleónico como pocos, al actor Ángel Garó siempre se le ha resistido un papel: el de hablar de su vida privada en televisión. Y más, si hacerlo suponía implicar a otras personas o, incluso, mentir. “No me considero un ejemplo de nada por haberlo hecho, ni la mejor persona del mundo”, aclara. Es más, reconoce que renunciar a este dinero aparentemente fácil le costó más de una noche sin dormir, sobre todo porque este tipo de ofertas llegaron en momentos de paro y de ciertas dificultades económicas.

Sin embargo, Garó siempre ha sabido reinventarse para salir adelante. Además de continuar desarrollando sus numerosas (y desconocidas) facetas artísticas como pintor, coleccionista de arte, o escritor –entre otras muchas-, ahora vuelve a subirse a los escenarios con “En esencia”, una obra en la que repasa sus 25 años de carrera. “Es muy emocionante ver cómo, después de tanto tiempo, no solo viene a verme gente de mediana edad, sino incluso familias enteras con niños”, señala.

Últimamente te hemos visto, sobre todo, en teatro pero ¿te gustaría volver a la televisión?

Siempre he sido una persona que no ha se ha sentido del todo lleno en la televisión. Tengo mucho que agradecerle, pero mi medio es el teatro. Eso de estar pendiente de las audiencias me genera mucho estrés. Además, con la mayoría de las cosas que se hacen, no me sentiría cómodo. Reconozco que me gustaría tener mi programa, pero he desistido de plantear proyectos que nunca han llenado a las personas que tenían que darme la oportunidad. Si sale algo, no lo rechazaré, pero siempre que considere que es digno.

Lo cierto es que la televisión, y sobre todo “Un, dos, tres” fue tu trampolín a la fama. ¿Qué hubiera sido de ti sin ese programa?

Sin “Un, dos, tres” no hubiera sido lo que soy, si es que soy algo (Ríe). Tengo mucho que agradecerle a Chicho (Ibáñez Serrador) porque con él aprendí mucho. Nos tenemos una gran admiración mutua,  me ayudó mucho y me dio mucha libertad. Cuando él me descubrió, yo ya había trabajado en algunas salas underground de Madrid, donde gusté mucho. De allí, me llevaron a Cleofás, que era el templo del humor en la época. Pero fue un fracaso estrepitoso. Tenía miedo de volver a algo más comercial, como era la televisión, pero al final terminó siendo la bomba.

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¿Qué ha sido lo mejor de tus 25 años en la profesión?

Que he logrado tener calidad de vida, he podido coleccionar arte –que es mi gran pasión-, he recibido muchos galardones, mucho cariño de la  gente…

¿Y lo peor?

En general, me siento contento. Pero todos los artistas recibimos algunos comentarios –por ejemplo, de la prensa del corazón-  o alguna crítica que no es agradable. Aún así, pienso que todo esto forma parte del ying y el yang de la profesión. Y, si pongo las cosas en una balanza, un 90% del público habla bien de mí o, por lo menos, me respeta.

De no haber sido actor, ¿a qué te habrías dedicado?

Creo que a pintar. La pintura me apasiona. O a escribir. Hubiera sido pintor o escritor, no sé si bueno o malo (Ríe), pero siempre algo relacionado al mundo de la creatividad.

Esas son facetas que poca gente conoce de ti

Sí, de hecho, nunca he expuesto mis cuadros. Algún día igual me animo, pero todavía soy muy tímido para hacer algo que tenga sentido y sea coherente. Muchas veces me han preguntado que en qué época me hubiera gustado vivir y siempre digo que en el Renacimiento. Creo que todas las artes convergen y, si tú te dedicas al teatro, si pintas, escribes, cocinas… todo ello significa que tienes a tu creatividad constantemente trabajando. Eso te hace valorar mucho más el trabajo de otros. Para coleccionar arte necesito tocar la pintura, saber qué dificultad tiene un cuadro… Pintar me ha hecho crecer como coleccionista de arte.

En una profesión tan inestable, ¿es necesario saber gestionar bien el dinero?

Sí, totalmente. Yo sufro la crisis como todo el mundo. Además, tengo todo invertido en arte. Siempre he dado prioridad a mi colección. Eso no quiere decir que haya tirado el dinero, pero ha sido como una especie de vicio. Así que ahora, ante unas expectativas que no se han cumplido del todo, al tener todo invertido, vivo al día, como la mayoría de los ciudadanos.

¿Nunca te dio miedo apostar todo a una misma carta?

Hubo una época en la que nos decían que había que invertirlo todo, en lugar de ahorrar. A algunos les dio por el sector inmobiliario y a mí, por el arte. Pero claro, ¡quién se iba a imaginar esto! La crisis del ciudadano, al final, es mi crisis: hay que bajar el precio las entradas del museo, la gente tiene menos capacidad económica… Estamos metidos en un círculo vicioso en torno a un mismo problema.

¿Recuerdas cuál fue tu primer sueldo como actor? ¿En qué te lo gastaste?

El primer ingreso más fuertecillo que tuve fue en 1990, por una actuación en Barcelona. Me pagaron 50.000 pesetas y me gasté 25.000 en un niño Jesús del siglo XIX que ahora está en mi museo. Vine con él a Madrid envuelto en una toalla ¡y todo el mundo pensaba que estaba loco!

¿Crees que el dinero puede hacerte feliz?

No, lo tengo más claro que el agua. Ahora, eso de “contigo pan y cebolla”… bueno, y si puede ser, “pimiento, patata, solomillo…”, mucho mejor.

¿Cuál es tu posesión más valiosa?

Primero, la salud. Y después, mi familia.

¿Y la lección más importante que has aprendido sobre el dinero?

Que a veces corrompe. La ambición desmedida te convierte en una alimaña. A mí me han ofrecido mucho dinero por contar cosas privadas en la televisión, pero renuncié a ello. Con esto no digo que yo sea ejemplo de nada, ni que me considere la mejor persona del mundo. Es más, me costó más de una noche sin dormir porque yo pensaba “por sentarme media hora en una silla, me dan 50.000 euros…”. Hay gente que lo hace con mucha facilidad y que, incluso, haciendo verdaderas barbaridades tienen en cariño de la gente. Sin embargo, a mí me parece lo más bajo y lo más ruin.

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Si tuvieras que elegir, ¿qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?

Una cocina bien equipada, un lienzo y, cada temporada, a alguien de mi familia.

¿Eres más de efectivo o de tarjeta de crédito?

De tarjeta. Creo que es más cómoda y al mismo tiempo, parece que duele menos cuando gastas.

¿Te consideras ahorrador o derrochador?

Ni una cosa ni la otra. Lo que sí hago es que, cuando algo me apetece mucho, lo compro, siempre que me lo pueda permitir y en función de lo que valga. He perdido a tanta gente –amigos jóvenes, gente que ha ahorrado toda su vida y luego lo ha dejado en herencia sin disfrutarlo…- que trato de pelear contra eso. No hace falta derrochar, pero siempre que se pueda, hay que intentar vivir y disfrutar.

¿Cuál es el capricho más caro que te has “regalado”?

Un cuadro de un pintor renacentista que me costó… no te voy a decir cuánto, pero costó. Lo pagué poco a poco, porque el dueño de la galería me conocía y, aparte de hacerme un precio razonable, me dejaba pagarlo cuando podía. Es un cuadro de 1546 del que me enamoré al verlo. Además, me había venido un trabajo importante y dije “venga, lo voy a comprar”.

¿Alguna vez has tenido deudas?

En general, no me gustan las deudas, aunque alguna vez no he tenido más remedio que tenerlas. Lo que nunca he sido es moroso. Mi dinero, primero es para pagar lo que debo.

Si fueras ministro de Economía por un día, ¿cuál sería la primera decisión que tomarías?

Trataría de solucionar el tema de las pensiones para que las personas mayores vivan con más dignidad. Se han pasado toda la vida trabajando para nosotros y me da muchísima lástima que ahora haya gente que vive con tan poca paga.

¿Cuál ha sido el día más importante de tu carrera?

El día que Chicho vino a verme a la sala donde actuaba. Recuerdo que había un escenario hidráulico que me iba elevando y, cuando llegué arriba, le vi en primera fila con su mujer. Luego se acercó a mi camerino y me invitó a hablar con él. Antes ya me había enviado a una de sus guionistas, pero le dije que no porque no quería volver a fracasar como ya me había sucedido en Cleofás.

¿Y cuál crees que ha sido el mayor logro de tu vida?

El respeto que tengo por parte de la mayoría de los medios de comunicación y, sobre todo, de la calle. Vaya donde vaya, la mayoría de la gente me sigue teniendo mucho cariño.

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